lunes, 21 de diciembre de 2015

Un relato de Navidad.

Un relato Navideño.

Hola a todos y bienvenidos un lunes más tras un fin de semana de lo más intenso.
Además de las elecciones, realmente decisivas e importantes, en mi comunidad hemos sufrido una terrible oleada de incendios provocados, más de cien, lo que ha sido devastador para muchísimas personas y animales.

No quiero entristecer a nadie pero no podía dejar de decirlo, lo siento. Y sin ser más pesada vamos a lo nuestro.

Ya sabéis que quiero tomarme unos días de descanso, quiero estar con la familia y centrarme en ellos estas fiestas, así que se me ha ocurrido poner un relato navideño como despedida.


Todos los que tengo son muy largos pero he recordado este, que además fue ganador en un certamen. Y lo mejor es que es una historia real así que imaginad la ilusión cuando me dijeron que había ganado con la historia de alguien querido.
 Lo que cuento le ocurrió a un familiar directo nuestro tal como lo cuento, y es que como decía mi abuelo, que por cierto no era creyente, Dios aprieta pero no ahoga...
 Y sin más rollo aquí va la historia, espero que no se os haga demasiado larga.

                                           CAMILO.

    Decía mi abuelo que en esta vida todo tiene solución menos la muerte; y con el paso del tiempo me he dado cuenta de que tenía razón. 
Había sido su vida difícil y dura, pero jamás se había dejado vencer por la desesperación. Por eso, cuando me oía lamentarme por nimiedades que podían resolverse con un poco de esfuerzo o simplemente con una mínima dosis de paciencia, recurría a alguna de sus viejas historias para hacerme entender que todo puede cambiar de un momento a otro, solo hay que tener fe y esperanza.

 Y esta historia que ahora vuelve a mi memoria y me hace sumergirme en recuerdos enterrados siempre nos la contaba en Nochebuena. Después de cenar, sentado en un viejo taburete y cerca de la cocina de carbón que no apagábamos en toda la noche, mi abuelo viajaba al pasado como voy a hacerlo yo, y cerraba los ojos mientras el humo del cigarro ascendía y difuminaba su cara, y empezaba a hablarnos en voz baja…

 … Estaba yo por aquellos años soltero, y vivía con mi hermana, mi cuñado y mi pequeña sobrina de dos años.

  Mi cuñado era mi mejor amigo desde que éramos niños, habíamos crecido juntos en tierras gallegas y habíamos emigrado juntos; éramos por entonces, a pesar de estar lejos de nuestro hogar y de ser muy pobres, personas felices, nuestros corazones estaban limpios y llenos de alegría y disfrutábamos de los pequeños momentos y de las pequeñas cosas, esas pequeñas cosas que pueden ser tan grandes. 

   La vida en un poblado minero del norte en aquellos duros años de posguerra era difícil, sobretodo porque no teníamos a nadie más en el mundo, habíamos emigrado hacía demasiado tiempo y ya no nos quedaba nadie.

   Por aquellas fechas le surgió la oportunidad a Camilo, mi querido cuñado, de ir a Madrid a hacer un curso que le garantizaba un mejor puesto de trabajo en la mina, porque en aquellos momentos estaba en uno de los peores, no entraba dentro, su trabajo se realizaba fuera y era una categoría que no estaba bien pagada, bueno, más bien cobraba  una miseria. Cinco habían sido los elegidos para realizar aquel curso y no quería él dejar pasar la oportunidad de ofrecer una vida mejor a su familia. 

   Mi hermana y yo juntamos el dinero que teníamos para que lo llevase, pues los dueños de la mina le pagaban el curso, el billete de tren y el alojamiento, pero debían ellos procurarse la comida y al parecer la vida en Madrid era cara, sobre todo para alguien de provincias que vivía con medios limitados o más bien escasos.

  Nuestra situación era tan precaria que pedimos dinero prestado a los vecinos, pues el que teníamos era insuficiente para afrontar un mes entero en la capital, así que  tragándonos el orgullo y prometiendo devolverlo cuando Camilo empezase a trabajar, mi hermana y yo fuimos de puerta en puerta pidiendo lo que buenamente pudiesen prestarnos.
                                                                                                                
    Por entonces los vecinos no eran simplemente unas personas que habitan la casa de al lado, eran gentes buenas que se ayudaban unos a otros, gentes con corazón con los que podíamos contar, así que tras varios días hablando con ellos y explicando nuestra situación, reunimos una modesta cantidad, pues todos aportaron lo que tenían, y conseguimos lo justo para comer durante el mes que duraba el curso.
    
   Una fría mañana, cuando la niebla aún disfrazaba el cielo y parecía que ni siquiera había amanecido, puso Camilo rumbo a la capital, en un vagón de tercera, de esos de bancos de madera. 
                                                                           
  Pasó el viaje entre una señora con un niño que no paraba de llorar y un hombre cuyas gallinas no paraban de cacarear. 

   Al principio no le molestaban, más sentía que acompañaban sus melancólicos pensamientos, pero había acabado cansado de cacareos y gritos después de muchas horas en aquel incómodo asiento.

    Cuando bajó del tren y guió sus pasos a la capital, se sintió tremendamente pequeño. Nunca había visto otra cosa que su aldea natal en Galicia y el poblado del norte donde vivía, y aquella masa de edificios y el bullicio de la gente le asustaba.
    
     Pero sus ganas de aprender y aprovechar la oportunidad de cuidar a su familia eran tan grandes que pronto logró adaptarse al ritmo de la ciudad, aunque vivía pensando en regresar a casa y celebrar las navidades con nosotros.
   
     Cada mañana se levantaba temprano para ir al local donde recibía clase, una vieja estancia con unos pupitres de madera barnizados en un vano intento de disimular la carcoma y un suelo de linóleo brillante que retumbaba con los pasos del profesor. A mediodía paraban para comer, y había descubierto él una panadería donde vendían bocadillos a buen precio, así que siempre compraba uno, y el panadero, hombre bueno y compasivo, le regalaba un vaso de vino para acompañar aquel seco bocado. Luego volvía a sus clases hasta la caída de la tarde, y regresaba a su triste pensión paseando y pensando, pues eran esos los pocos momentos que tenía libres para poder pensar e imaginarse lo mucho que habría crecido la niña o las nuevas palabras que habría aprendido. Y echaba terriblemente de menos  entrar en una casa que oliera a hogar, a leña,a humo y comida, aunque fuese una comida sencilla y modesta.

   De camino a su habitación compraba un bocadillo en un bar que también ofrecía buenos precios y luego se encerraba en su habitación a estudiar.
Desde su ventana sentía las risas cantarinas de los niños, y de nuevo pensaba en su hijita. Añoraba aquellos ojos luminosos que le daban fuerzas para luchar y  le hacían sentir importante. 
Y añoraba a su esposa. Se la imaginaba caminando solitaria por el pueblo con su niña, esperando el regreso de su marido. Y sacudiendo la cabeza, de nuevo volvía a sumergirse en su mundo de libros.

    Llevaba algunos días allí cuando empezó a encontrarse mal. La cabeza le dolía tanto que apenas podía abrir los ojos, y los escalofríos recorrían su cuerpo cada segundo. Pero a pesar de todo, había asistido a clase, no podía dejar pasar aquella oportunidad y seguramente no tenía nada serio. Y allí estaba, intentando prestar atención al maestro cuando, en mitad de una explicación, se había desmayado.

    Despertó en una cama desconocida, y un hombre de sonrisa amable y ojos bondadosos le decía que no se moviese. Asustado preguntó donde estaba, y el hombre de los ojos bondadosos le dijo que se tranquilizase, no pasaba nada. Estaban en el local donde daban clases, que tenía camas para profesores que se alojaban allí. Él era médico, pero no debía asustarse, no tenía nada grave, solo agotamiento, sin duda por la frugalidad de sus comidas, y tenía también un fuerte catarro debido a su ligera indumentaria. Debía abrigarse más, o el catarro podía derivar en pulmonía.

  Camilo escuchaba en silencio, recordando que su suegro había muerto de pulmonía y sintiendo miedo, porque si él faltaba su familia quedaría en una situación realmente dramática. No podía morirse ahora, y seguía repitiéndose que tenía que sacar adelante a su hija, pero no podía comprar un abrigo, no tenía dinero. Si lo hacía, no podría comer.

 Ese día regresó a la pensión y se metió en la cama, necesitaba descansar y decidió olvidar los problemas durante un tiempo, o más bien dejarlos en manos de Dios. Y la verdad es que fue la mejor decisión, porque al día siguiente se levantó bastante mejor. Además ese día, casualmente, no tenía clase, por lo tanto podía salir y mirar algún abrigo, quizás en algún lugar hubiese alguno asequible.    
                                                                                                                                         En cuanto abrió la puerta del viejo edificio donde gastaba sus horas, un viento helado le cortó la respiración. Ligeros copos de nieve caían del cielo, y las aceras empezaban a cubrirse con aquel níveo manto. Ignorando aquellas dificultades, caminaba Camilo por la calle en busca de un abrigo.

   Entró en las tiendas que había por el camino, tiendas cuyos escaparates mostraban buenos abrigos de paño y elegantes sombreros, tiendas con olor a fieltro y cuero, con dependientes que sonreían detrás de un mostrador abrillantado y que llevaban un metro alrededor del cuello. Y cuando los amables caballeros le decían el precio de los abrigos, Camilo simplemente se daba la vuelta y abandonaba el establecimiento murmurando un Muchas gracias y que tengan un buen día. 

   Estaba ya empezando a desesperarse después de entrar en bastantes establecimientos, cuando  sin darse cuenta llegó al Rastro. Así, de repente, dobló una esquina y vio aquel fantástico mercado al aire libre tan lleno de vida. 

   Esperanzado, empezó a deambular entre los puestos, mirando hasta que vio un puesto que llamó su atención. Lo regentaba una anciana enlutada de arriba abajo que apenas se cubría con raídas ropas y que llevaba un pañuelo negro anudado alrededor de su cara. Tenía diversas prendas de ropa, todas de segunda mano, con precios muy inferiores a los de otros puestos. Sorprendido, Camilo había preguntado a la vendedora el motivo de tan bajo precio. ¿Estaban, tal vez, estropeados? ¿Eran acaso robados?
La mujer le había explicado, con un dulce acento gallego que le transportó a su tierra, que aquellas prendas las donaban las familias pudientes cuando algún miembro fallecía. Vamos, que eran ropa de muerto. 

   Camilo estaba tan desesperado que no le había dado importancia, sus mayores tesoros, el reloj de bolsillo y una corbata negra con la que se había casado habían pertenecido a su padre y estaba muerto, y buen cariño que les tenía. Así que pensando que tal vez había encontrado la solución, había sonreído a la anciana y había pedido un abrigo barato para él. Después de hurgar en la pila de ropa, la mujer había sacado un abrigo de paño oscuro que parecía muy caliente. Camilo se lo había probado, y aunque le quedaba bastante grande, había decidido comprarlo. La tendera, al despedirse, le había regalado un costurero para que arreglase el abrigo.

   Camilo volvió a la pensión feliz. Después de todo tenía abrigo, había gastado menos de lo pensado y pronto volvería a casa. Eran días especiales y la Navidad se dejaba sentir por todas partes. Nunca había visto calles tan adornadas, y comercios tan esplendorosos, llenos de colores y de luces, mostrando tantos artículos bonitos. La gente pasaba a su lado con paquetes, y él, a pesar de que jamás fue persona ambiciosa y siempre se sentía bien con lo poco que tenía, al ver tantas cosas bonitas a su alrededor lamentaba ser pobre. ¡Si pudiese volver a casa cargado de paquetes para su familia! Al verse rodeado de tanto consumismo, la felicidad que había sentido minutos atrás, quería esfumarse.
   Cuando llegó a la pensión volvía a sentirse esperanzado, así que decidió empezar a arreglar su abrigo, pues lo necesitaba con urgencia.

   No había empezado siquiera a cortar la dura tela cuando llamaron a su puerta. Sorprendido por tan repentina intromisión, había abierto, y para su sorpresa tenía en el umbral de su habitación a su casero, un hombre enjuto y taciturno que apenas intercambiaba una palabra con sus inquilinos, y en silencio y  con gesto adusto, le entregaba una carta urgente. Agradeciéndoselo, Camilo cerró la puerta y con el corazón en un puño empezó a leer.

 Querido Camilo;
No quise preocuparte hasta ahora, por eso he intentado arreglar esto yo sola pero todo se ha complicado tanto que ya no sé que hacer. Sabes que te habíamos entregado todo el dinero que teníamos para que pudieses hacer el curso, pero no te había dicho que dejé el alquiler de la casa sin pagar y ahora nos lo reclaman. He intentado hacer frente a la deuda, pero no he podido. Si no deposito el dinero en una semana, debemos abandonar la casa antes de Nochebuena. Mi hermano y yo estamos desesperados, porque a él ya no le dan más adelantos en la mina, y solo se me ocurre que hables con alguien de la capital que quiera respaldarte, explicando que pronto volverás a trabajar, y pagaremos lo que debemos. Angustiados quedamos a la espera de tu respuesta. Te quiere; Elvira.

   Al terminar de leer sentía como todo a su alrededor se desmoronaba y el pobre Camilo perdió las pocas esperanzas que conservaba. De pronto volvía a sentirse derrotado, su fe empezó a tambalearse y no sabía qué hacer excepto llorar. 

   Pero después de hundirse, cuando se toca fondo, siempre se vuelve a salir a flote, así que cuando se le agotaron las lágrimas decidió que era el momento de levantarse y siguiendo el consejo de su mujer, fue a hablar con la persona que les impartía las clases, pues era la única persona que conocía allí que tuviera cierto prestigio y pudiera respaldarle. 

    Al oír su caso el hombre le había comprendido, y compadeciendo a Camilo, pues era un buen estudiante y una buena persona, aceptó hablar con los responsables de las viviendas para explicar su situación. Desde allí mismo llamó por teléfono a alguien, Camilo nunca supo a quien. Al colgar le explicó que su problema era muy serio. Sus casas eran viviendas de empresa, no de un particular, y si no pagaban, les echaban a la calle. Las normas eran muy estrictas y el único arreglo era pagar pronto. Lo lamentaba de corazón pero no podía hacer nada, eran unas normas que no admitían excepciones. 

   Agradeciendo la información, Camilo se fue caminando sin rumbo, pensando en todo lo que le estaba pasando y rezando para encontrar una solución. Y por eso, cuando vio un banco, entró para intentar pedir un préstamo, algo que él sabía que se hacía en algunas ocasiones, pero nada más que se acercó a la ventanilla, el empleado, mirándole de arriba abajo, y tras comprobar que ni siquiera llevaba abrigo, se negó a que el director le recibiera.

   Camilo captó la situación, y a pesar de que su corazón lloraba lágrimas de sangre volvió a su pensión para arreglar el abrigo y probar suerte en otro banco, uno donde las personas tuviesen corazón. 

   Cansado y pensativo, empezó a descoser el forro para dejarlo lo mejor posible, pensando en lo bien que le venía que su difunta madre hubiese sido modista y le hubiese enseñado a coser un poco. 
De pronto, mientras pensaba en alguna idea para afrontar su problema las tijeras tropezaron con algo duro y casi se rompen. Lamentándose por su mala suerte, metió la mano debajo del forro y sorprendido sacó unos papeles doblados, seguramente metidos allí por su anterior propietario para que el abrigo diese más calor. Mirándolos detenidamente, vio que los papeles no parecían haber sido puestos para dar calor, en realidad eran billetes, verdaderos billetes de banco. 
Sorprendido, pensó que a lo mejor no valían nada, quizás fuesen anteriores a la guerra, pero pudo comprobar que eran actuales. Y siguiendo un presentimiento descosió todo el forro del abrigo, encontrando una buena cantidad de dinero.

   ¡No podía creérselo! Tan pronto reía como lloraba, y a veces se asustaba pensando que fuese alguien a reclamarlo, pero recordaba que su abrigo había pertenecido a alguien que estaba muerto, así que era suyo.

    Cuando se hubo calmado volvió a hablar con la persona que le daba clases para que volviese a llamar y le dijesen donde debía pagar, pues estaba en disposición de hacerlo.
El hombre, sorprendido por tan repentino arreglo quiso saber el origen del dinero, a lo que Camilo había contestado que se lo había prestado un amigo. No le gustaba mentir, jamás lo había hecho, pero en esta ocasión había demasiadas cosas en juego y sabía que por una vez podía usar una mentira piadosa. Después de llamar, el hombre le explicó que debía hacer un depósito en un banco, precisamente en el banco donde no habían querido atenderle.                                                                                                           
      Y tras despedirse de su maestro, Camilo emprendió con paso raudo el camino que habría de llevarle hasta el banco, y, decidido, entró en el local preguntando por el director. Cuando el empleado iba a echarlo, le había mostrado una esquina de los billetes, diciendo que podía ir a otro banco, la decisión estaba en sus manos. 
   El empleado, deshaciéndose en disculpas le pasó al despacho del director, para realizar el pago. Y cuando ya tenía hecho el pago y sabía que ya no nos iban a quitar la casa, se detuvo un instante delante del empleado y le dijo que jamás se debe juzgar a nadie por las apariencias, porque él tenía la apariencia de un caballero y su corazón era de acero, en cambio podría hablarle de una anciana enlutada con ropas casi raídas que tenía un corazón inmenso, y gracias a ella estaba él allí. Y dejando sin palabras al engreído empleado Camilo salió del banco.

   A partir de aquel momento los días pasaron mucho más rápido. Iba a clase y estudiaba con ahínco para volver pronto a casa, y paseaba por las calles envuelto en su abrigo y empapándose del ambiente navideño. 

    El curso había llegado a su fin y Camilo pudo volver. El día antes de marchar, había ido a la plaza mayor a comprar regalos para su mujer, su hija y para mí. Y entre esos regalos no pudo evitar comprar un paquete de castañas calentitas y unas zapatillas de paño para la anciana que le había vendido el abrigo. Si no le hubiese regalado el costurero seguramente nunca habría encontrado el dinero.

    Y después de dejar atrás la capital, y rodeado por la bruma del amanecer y el frío de la nieve que ya estaba gris y pisoteada, de nuevo viajó en un vagón de tercera, en un duro asiento de madera, entre niños ruidosos y gallinas, pero esta vez no le parecieron molestos porque en poco tiempo volvería a abrazar a los suyos.

    Cuando el tren entró en la estación vio a su pequeña familia en el andén, el vapor y la niebla difuminaba sus figuras pero él podía imaginar nuestras caras de expectación, pues aún no sabíamos de donde había sacado el dinero y esperábamos ansiosos la historia que guardaba su corazón. Después de los abrazos y los besos empezó la lluvia de preguntas, y Camilo contestó a todas.

   En casa, envuelto por los aromas familiares que tanto había añorado y sintiendo que podía cuidar a su familia, mi querido cuñado sacó el dinero que le había sobrado y  fue casa por casa para devolver lo que nos habían prestado nuestros vecinos, pues aunque lo habían hecho de corazón todos lo necesitaban en aquellos difíciles días y nosotros teníamos la oportunidad  de devolvérselo.
              
     Aquellas navidades fueron realmente especiales para nosotros, con paquetes de regalos y juntos alrededor de la mesa. Los regalos eran cosas sencillas pero tan llenas de amor que nos parecieron grandes e inmensas, y estaban impregnados de la ilusión que había puesto Camilo en cada uno de ello. Por la noche, al volver de misa del Gallo, que entonces era una tradición, yo conocí a vuestra abuela, y el círculo de mi familia quedó cerrado.

     Con el paso del tiempo la situación económica fue mejorando, Camilo tuvo el puesto que le habían prometido y yo me casé y tuve mi propia casa y familia, y el resto de la historia ya lo sabéis, formáis parte de ella.

   Y Tirando la colilla a la cocina de carbón, mi abuelo se levantaba del taburete y se sentaba con nosotros a cantar villancicos mientras yo no podía dejar de pensar en mi tío abuelo Camilo, pasando frío y tristezas, lejos de los suyos, pero sin perder la fe, y gracias a esa fe inquebrantable que siempre le sostuvo la familia siguió unida, siempre unida, mirando hacia el futuro con esperanza. 

   Jamás tuvieron el más mínimo disgusto, sabían que se tenían los unos a los otros y siempre se apoyaron, en lo bueno y en lo malo. Por eso cada Navidad, aunque algunos de los personajes de la historia de mi abuelo ya no estuviesen con nosotros, los recordábamos y estaban muy presentes.

 Mi abuelo sabía que algo los unía inexorablemente. Habían vivido demasiadas cosas juntos, y ese lazo es ya indisoluble, por eso, cada Navidad, mi abuelo nos contaba esta historia, recordándonos que Dios aprieta pero no ahoga.

                                           ******

Bueno, pues hasta aquí la historia. Fue tal cual, un tío de mi madre con el que vivía mi abuelo de soltero tuvo que ir a Madrid a hacer unos cursos y enfermó por la falta de recursos. Y al arreglar un abrigo que había comprado en el Rastro encontró los billetes. Y la escena del banco, a lo Pretty Woman, por desgracia, también es real.
Camilo vivió muchos años y siempre fue una persona muy muy optimista, yo creo que por eso siempre se le arreglaban las cosas.

Espero que no os haya parecido muy pesado el cuento, sé que la historia es larga pero al ser vivida por alguien cercano a mí me encanta y no quería recortarla mucho.

Por hoy me despido pero quería agradecer a Natalia, del blog Qué vida más fácil las tabletas de chocolate que me envió porque gané un sorteo que realizó. Estaban, y hablo en pasado porque han volado, buenísimas, y me encantó la presentación y la etiquetita escrita a mano, esas cosas me chiflan.
Mil gracias Natalia, me ha encantado.


Mmmmm, estaban riquísimas. Gracias Natalia.




Un beso a todos y nos vemos mañana, a ver si os toca la lotería y sino que seais muy felices.
                                                                       

50 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Hola Suni. Siiii, tiempos muy duros pero ellos pudieron salir adelante y lograron que sus hijos vivieran, como mínimo, mejor que ellos.
      Besitos Suni.

      Eliminar
  2. Me ha gustado mucho la historia. No pensé que sería real, cuando he leído lo del dinero del abrigo he pensado que menuda imaginación que tienes y mira por donde. La verdad que leer cosas así me hace pensar que hoy en día somos muy desagradecidos y deberíamos consumir menos y dar más gracias.
    Muchos besos guapa

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola!!!!!
      Me alegra un montón que te haya gustado, de verdad.
      Es increíble que ocurran cosas así, hablando con él llegamos a la conclusión de que ese abrigo quizás era de alguien que quería salir del país y al final no pudo hacerlo, porque si hubiese sido anterior a la guerra podría tener mil historias pero era relativamente reciente.
      Y lo que es ser hijo único varón, si hubiese tenido una hermana seguramente a él no le habría enseñado su madre a coser, en aquellos tiempos era trabajo de mujer.
      Un beso guapa.

      Eliminar
  3. Gracias por regalarnos la historia de Camilo, Marigem.
    No he comprado lotería, pero sí un boleto para la felicidad o, por lo menos, para la alegría que nos permita seguir adelante con el buen ánimo de Camilo: lo comparto contigo y con todas las buenas personas como tú. Nos toca premio, seguro. Un abrazo enorme.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola Carmen!!!1
      Gracias a ti por leerme.
      La verdad es que era increíble, y otro día contaré la historia de cuando le tocó la lotería un año en que estaban literalmente a dos velas y apareció en casa de mi madre en Nochebuena, con un pollo y unos juguetes para mi madre y mi tío. Por entonces lo que tocaba de lotería era una ayudita, no te solucionaba la vida, pero este hombre siempre encontraba la solución en el último momento.
      Un beso y seguro que nos toca premio, ese es el mejor que podemos tener.

      Eliminar
  4. Fue una suerte lo que le sucedió, no siempre es así pero me has hecho pensar en como era ellos, en sus historias, en sus manos llenas de callos por una vida dura, en la camadareria y la hospitalidad que hoy hemos perdido, cierto que hemos ganado calidad de vida pero hemos dejado muchos valores en el camino.
    Maravilloso relato, Besines.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola!!!!!
      Siiii, en aquellos años la vida era durísima, trabajando de sol a sol y cobrando poquísimo.
      Pero los vecinos se ayudaban, las puertas de las casas estaban abiertas y jamás nadie robó nada y es lo que dices, hemos ganado mucho en calidad de vida pero yo no dejaría la puerta de casa abierta para bajar a por el pan, y eso que no tengo nada de valor pero es impensable hacer algo así.
      Besos guapa.

      Eliminar
  5. Una historia preciosa que para nada se me ha hecho larga. Ya sé de dónde te viene tanto positivismo como siempre tienes. Un besazo

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola!!!!
      Has acertado, gran parte de mi forma de ver las cosas me viene de la familia, y Camilo era uno de ellos, y mi abuelo también, tenían siempre fe y esperanza y no se ahogaban antes de tiempo, es algo que hemos perdido.
      Besos guapa.

      Eliminar
  6. Es un relato maravilloso, no me extraña que haya ganado un certámen. Muy buena, muy enterncedora y tristemente cruda. En serio, he disfrutado mucho leyéndola :)

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias!!!!! Bueno, lo de los certámenes puede se suerte pero me hizo ilusión porque es una historia familiar que me gusta mucho.
      Me alegra un montón que disfrutaras, eso es mejor que ganar nada. ;)

      Eliminar
  7. La vida gira, ahora estás abajo..mañana estás arriba..vuelves a bajar..pero siempre se sale adelante de alguna forma. Me ha gustado mucho amiga, sobretodo la forma en que lo cuentas. Cada vez hay menos gente como esos vecinos por desgracia, pero todavía queda mucha gente buena. Que tengas unas fiestas estupendas con los tuyos.
    Un abrazo ;)

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Buenos días Rocío!!!! Es lo que creo, que la vida es cíclica y cambiante y nunca se sabe donde vamos a estar, pero al final todo se arregla, solo es cuestión de intentarlo.
      Siiii, es una pena que la gente ya no sea solidaria y amable, que no podamos dejar la puerta abierta, aunque como bien dices sigue quedando gente estupenda.
      Un abrazo enorme y muy felices fiestas también para ti y todos los tuyos.

      Eliminar
  8. Una bonita Historia para empezar la semana. Felices fiestas!!!!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias y felices fiestas a ti también!!!!!

      Eliminar
  9. Que sabios nuestros abuelos con sus dichos. Me encantan tus historias Marigem, me relajan que me hace falta. Me quedo como dice Carmen con el boleto de felicidad para mañana. Suerte para ti, un beso hermosa.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¿A qué si? Ellos lo sabían todo.
      Me alegra muchísimo que te gusten las historias y que te relajen.
      Siiii, el boleto de la felicidad es el mejor y ya tenemos premio.
      Besos y felices fiestas.

      Eliminar
  10. Jo que bonita. Me tienes llorando a moco tendido (las hormonas no ayudan a calmar la cosa) ains que bonita de verdad y que sensibilidad desprende tu blog, me encanta!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Ayyyyyyy esas hormonas que malas son!!!!!
      Me alegra muchísimo que te guste la historia y el blog, es un aliciente enorme para mí. Besos.

      Eliminar
  11. Hola: es un relato perfecto para esta época en la que vivimos. Los abuelos siempre son sabios y deberíamos escucharlos más. Felicidades por ganar el sorteo y ya leo que estaba todo buenísimo. Con respecto a los incendios provocados son devastadores. En Galicia también los sufrimos muchísimo aunque en estos días tenemos lluvias. No quiero acabar sin desearte unas Felicces Fiestas y que en el 2016 se cumplan todos tus deseos. Feliz Navidad!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola Marta!!!!
      Yo creo que si escuchásemos a los abuelos las cosas irían mucho mejor.
      Gracias!!!! El chocolate estaba riquísimo, ha volado,jajaja.
      Ayyyy los incendio, más de 110 en pleno diciembre y el día de las elecciones, es que yo no sé que creer.
      Muy muy felices fiestas a ti también, y que 2016 sea un gran año.
      Feliz Navidad!!!!!

      Eliminar
  12. Que bonita historia, y más sabiendo que es real. Me esperaba algo así cuando he leído que se compró un abrigo de segunda mano.
    Vaya ricos que tenían que estar esos chocolates.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola!!!!1 La verdad es que a veces la realidad supera la ficción.
      Ayyyyyy esos chocolates estaban de muerte!!!!!
      Un abrazo.

      Eliminar
  13. he visto lo de los incendios en la tele, me parece terrible :(

    me ha encantado el post, es una historia muy bonita y llena de sentimiento!! ah y enhorabuena por haber ganado ese sorteo!!

    un beso guapa!!!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola!!! Es espantoso, cómo han podido producirse tantos? espero que esto no quede así.
      Me alegra mucho que te guste, la historia ocurrió de forma muy parecida, es increíble pero a veces la realidad supera a la ficción.
      Besos.

      Eliminar
  14. un precioso relato con final feliz, que sin duda merecía el premio que recibió. pagar el alquiler o su equivalente actual, la hipoteca, es algo muy de actualidad.
    queda abierto a la imaginación del lector si el dinero bajo el forro de ese abrigo fue un descuido de la persona a la que perteneció y sus familiares al no darse cuenta de que estaba allí... o si fue puesto intencionadamente. en cualquier caso, la señora de aquel puesto le salvó la vida al venderle aquel abrigo y regalarle el costurero.
    qué disfrutes del chocolate, jeje. a mí también me han regalado una tableta de esas de nestlé con frutos secos y pasas, en el amigo invisible del foro de esther. pronto ya no existirá. ;)
    besos, gema!!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola!!!!
      Me alegra mucho que te guste, la verdad es que el tema sigue siendo actual, han pasado sesenta y muchos años y seguimos igual.
      Yo no sé que pensar de ese dinero, hemos hablado muchos, unos creen que esa persona quería salir del país llevándose el dinero, otros que no tenía donde guardarlo y en lugar de meterlo debajo del colchón como hacían antes lo metió en el forro, no sé pero siempre me ha intrigado porque era una cifra grande en esa época.
      Ayyyy el chocolate, menudo vicio, a lo tonto nos hemos ventilado las cuatro tabletas,jajajajaja. Seguro que te encanta, es un regalo genial.
      Un besito y hasta mañana.

      Eliminar
  15. Hola Marigem!! Gracias por compartir la historia, pues invita a reflexionar acerca de los bienes materiales y de lo realmente importante, el arrope humano, de familia y amigos. Me ha gustado. Creo que he estado sin pertañear mientras lo leía. Un saludo

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola!!!!
      Me alegra muchísimo que te guste y que invite a reflexionar, mi intención cuando lo escribí era esa, valorar lo que tenemos y no ser tan materialistas.
      Un besito y gracias por tus palabras.

      Eliminar
  16. Preciosa historia, nunca hay que perder la esperanza. Un besito
    El blog de Sunika

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias!!!! La esperanza debemos mantenerla siempre.
      Muy felices fiestas.

      Eliminar
  17. Marigem
    Que historia más bonita, y encima una historia real, y encima en estas fechas navideñas, para demostrar que nunca hay que perder la esperanza. Gracias y felices fiestas.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola!!!!
      Me alegra muchísimo que te guste. Al ser real a mí me parece muy esperanzadora, al final siempre se acaban arreglando las cosas, solo hay que intentarlo.
      Muy felices fiestas a ti también.

      Eliminar
  18. ¡Qué bonita historia y qué relato tan bien narrado! Y es real... qué maravilla, un pequeño milagro de Navidad. Fue una suerte que Camilo encontrara ese dinero en el abrigo, como decía tu abuelo (y los míos también) es cierto que Dios aprieta pero no ahoga. Me ha encantado tu historia.
    Que pases con tu familia una maravillosa navidad, Gema. Muchos besos a ti y los tuyos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola!!!!!
      Me alegra muchísimo que te guste.
      La verdad es que fue un milagro absoluto.
      Deseo de corazón que tú también pases una Navidad maravillosa, muy muy felices fiestas.
      Besos.

      Eliminar
  19. Buahhh son historias que parecen de película. Es más, esto lo ves en una película y piensas menuda mentira y zas es verdad. Me parece preciosa historia y el que sea tan real que gente auténtica a pesar de muchas dificultades siga siendo tan optimista. Me encantaría ser así. Mil gracias por compartir la historia y tus palabras sobre el detallito que ilusión que te hayan gustado y que hayan volado. Verdad que estaban muy buenas? Jijiji. Un besazo preciosa y disfruta mucho de estas fiestas con tu familia.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Siiii, perece totalmente increíble.
      Me alegra un montonazo que te guste, la verdad es que algunos de mis familiares eran y son muy optimistas.
      Segur que tú también lo eres, lo que pasa es que ahora llevamos un ritmo de vida y consumo que nos mantiene constantemente preocupados.
      Un beso enorme y las chocolatinas estaban buenísimas, nos gustaron mucho.
      Besos y muy felices fiestas.

      Eliminar
  20. Siempre es un gusto leer este tipo de historias leyendo esta tan bonita me ha recordado las tardes que escuchaba a mi abuelo embobada relatos de antaño.
    Feliz Navidad guapa!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola!!!!
      Me alegra mucho haberte ayudado a recordar las historias de tu abuelo. Ayyyy cuánto se les llega a querer!
      Feliz Navidad.

      Eliminar
  21. Què bueno que no la resumiste porque cada detalle es màs precioso que el anterior. UN cuento muy bonito y lleno de positivismo, comparto esa opiniòn de que Dios no desampara a ninguno de sus hijos.

    Con el tema del empleado dle banco, hace poco saliò en las redes sociales una denuncia de una joven que fue a cobrar el cheque de abuela con alzeimer y no se lo dieron. Le dijerom que tenìa que llevar a su abuela, en persona. Como no tenìa silla de ruedas ysu abuela no camina, al llegar al banco pidiò una silla de ruedas y no tenìan, aclaràndole que la debìan llevar cargada hasta la caja a cobrar. La joven les suplicò que fueran hasta el carro, a pocos metros de donde se encontraban conversando, para confirmar que su abuelita estaba en el auto en espera y que el taxi estaba cobrando por la espera, pero la mujer del banco le dijo que no. La joven, fue por su abuelita al taxi, la bajo en sus brazos, la cargò hasta la caja, le dieron el dinero a la abuela y se fueron.

    Cuando se hizo pùblica este sobre esfuerzo exigido a esa buena nieta, que calificò el trato recibido en el banco como inhumano y humillante, todos quedamos indignados porque carga una persona cuesta y toamando en cuenta la fragilidad de una ancianita, es encima peligrosìsimo. Bueno Marigem, me complace en decirte que a esa desgracida del banco la despidieron.

    A veces la gente se pone bruta, se pone mala, se pone egoìsta y hasta discrimina otros por sus apariencias, como en el caso de tu tìa abuelo. Y yo sòlo pienso, ¿còmo haber gente asì que sufre consecuencias?

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola guapa!!!!
      Muchas gracias por tus palabras.
      Qué espanto la historia que cuentas,¿cómo puede haber personas tan inhumanas?
      Me alegra que la despidieran, realmente es mala persona.
      Esperemos que el mundo vaya mejorando y dejen de juzgar por las apariencias.
      Un besito.

      Eliminar
  22. Me encantan las historias con final feliz, la vida es sorprendente y mira por donde la felicidad de Camilo estaba en un abrigo de segunda mano! Un besin y felices fiestas.
    http://www.solaanteelespejo.blogspot.com.es/

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola María!!!!
      Siiii, la vida siempre logra sorprendernos.
      Beoso y felices fiestas a ti también.

      Eliminar
  23. Es una historia preciosa. Yo también pienso que a Camilo se le solucionaban las cosas debido a su optimismo y ganas de luchar por los suyos. Me ha encanta!! Por otro lado es una pena enorme lo que esta pasando con los incendiis :(
    Un besazo Marigem

    ResponderEliminar
  24. Muy chulo!! Suena casi a novela de Galdós.

    Pienso que estas cosas, más que cuestión de suerte, es cuestión de actitud. La actitud que tenemos ante la vida es lo que hace que para dos personas con dos situaciones idénticas, algo sea horrible y para otra no.

    ResponderEliminar
  25. Me ha encantado la historia!!
    Espero que pases unos días estupendos disfrutando de los tuyos
    Un besitoo

    ResponderEliminar
  26. Gracias por compartir esta historia. Me ha llegado, de verdad. Me ha recordado que hay que mirar al futuro con esperanza, y fortalecernos con lo que realmente importa. Me he hartado de llorar. Feliz Navidad! Muchos besos.

    ResponderEliminar
  27. Muy bonita historia, Marigem. La realidad siempre supera la ficción.
    ¿Ganaste en Fergutson? Es que creo que ya la he leído, no me es desconocida...
    Un besito y ¡Feliz año!

    ResponderEliminar
  28. Que buena historia ,bien dicen que la realidad supera a la ficción y en estr caso asi fue ,es increible pero esas cosas pasan y suceden cuando menos lo imaginas ,creo que parte de que a alguien le suceda o no depende de su actitud ante la vida ,el que pese a lo dificil de las circunstancias podamos actuar bien y hacer lo correcto .me imagine a tu abuelo y el fuego y la navidad llena de ese relato ,me agrado senti casi casi el calor de hogar como si yo estuviera ahi,excelentes recuerdos un abrazo!

    ResponderEliminar